UN NUEVO VIAJE

Me he pasado los últimos seis años de mi vida viajando. He pisado los cinco continentes. He estado en las grandes capitales: Tokio, Melbourne, New York, Sao Paulo, Montreal, Kuala-Lumpur, Shanghái, Londres, Milán, Delhi, Bahréin, Abudabí… He pasado los últimos seis años de mi vida durmiendo 170 días del año fuera de casa, es decir casi seis meses en camas ajenas. He reído, he llorado, he sufrido jet-lag, he comido bien, he comido mal, he dormido en buenos y malos hoteles, y he trabajado mucho… Precisamente gracias a mi trabajo he podido ver mundo.

Mi vida ha ido a 300kilometros por hora des del 2007 a febrero de 2013, cuando todo cambió. Fue en un instante, cuestión de segundos, cuando un aparatito pequeño, de la medida de un boli, te da la mejor noticia de tu vida. A partir de ese momento, aunque tú no eres consciente de lo que eso va a significar (sobre todo en madres primerizas como yo), sientes que de algún modo ya no eres la misma.

A todo el mundo le cambia la vida al ser padre, y quien diga que no miente. Un hijo lo cambia todo. Cambia tu forma de ver las cosas, cambia tu relación con el mundo, con la pareja y con el trabajo.

Cuando una mujer con éxito laboral se convierte en madre, muchas veces, tiene que sacrificar una de las dos cosas: o el trabajo o el cuidado de los hijos. O trabajas todo el día al mismo ritmo que antes y no ves a tus hijos o te conviertes en malabarista buscando un equilibrio bueno entre  trabajo y familia, cosa que muchas veces te impedirá seguir con el mismo ritmo laboral que antes. Las salidas a las 9 de la noche de la oficina se habrán acabado. Con la maternidad aprendes a renunciar, tomes la decisión que tomes siempre renuncias a algo.

Yo decidí no viajar más. No me imaginaba mi vida de antes con una pequeña esperándome en casa. No me imaginaba dormir en la soledad de los hoteles mientras mi hija se despertaba por las noches llamando a su mamá ausente. Puse el freno de mano y mi vida de éxitos paso a un segundo plano. Sigo trabajando e implicándome al 100% en todo lo que hago, pero ya no viajo. Ya no tengo una vida excitante y envidiable, ya no estoy una semana en Australia, otra en Japón y otra en Brasil. ¿Lo echo de menos? Pues sí, claro que lo echo de menos, me encantaba mi trabajo en los circuitos de Fórmula 1. Pero no quiero que cuando mi hija sea mayor me recrimine que no he estado a su lado cuando me necesitaba y no quiere arrepentirme de haberme perdido su infancia.

Es cierto, ya no viajo por todo el mundo, ya no estoy semana si semana no haciendo y deshaciendo maletas. Pero es que ahora estoy en un permanente viaje. El viaje más completo, fascinante, mágico y cansado que existe. Con él he reído, he llorado, he vivido en un permanente jet-lag los primeros meses, ha habido días que he comido bien y otros que no he tenido tiempo ni de comer y me he pasado todo el día trabajando por esa personita pequeña que acaba de llegar al mundo y que depende de ti al 100%.

Gracias a mi trabajo he visto mundo, ahora gracias a mi hija estoy descubriendo un nuevo mundo. El de la maternidad.

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