CARTA A MI GINECOLOGA

Querida Elena,
Hoy hace un año y medio que India vino al mundo. Era un caluroso lunes de octubre. Como bien sabes, mi parto fue programado. Pasadas 41 semanas, aun desconociendo qué es una contracción “espontánea” y sin un solo centímetro de dilatación decidimos inducirlo. Ambas sabíamos que no era el mejor escenario para un parto ideal y que podía acabar en cesaría, algo que ninguna de las dos queríamos. Pero no tuvimos otra opción.
Cuando me quedé embarazada, decidimos acudir a ti porque nos dijeron que eras la mejor. Todo el mundo hablaba de la Dra. Fernández Miranda, no solo como ginecóloga sino también como persona. Siempre escuchas a la paciente y tienes en cuenta su voluntad. Respondes todas las preguntas – absurdas y no tan absurdas – de las primerizas, con una sonrisa de oreja a oreja; como si ya supieras que esa iba a ser la siguiente pregunta. Transmites confianza y tranquilidad y eres capaz de levantarte a las 2 de la madrugada para asistir al parto de tus pacientes y estar a su lado, las horas que hagan falta, con el fin de que sus hijos nazcan de la mejor manera posible. Y siempre, absolutamente siempre, con buena cara y con el rímel puesto. Y que no falte! ☺
Acompañas a cada una de tus mujeres en el día más importante de su vida y haces que ese momento sea mágico y especial. No sé a cuantos bebés habrás traído al mundo, pero para ti, cada uno es único. He visto cómo te emocionabas describiendo el parto que acababas de asistir, y tengo la impresión de que eso no suele ser lo habitual.
El mío fue un parto largo. Había hecho cursos de preparación, quería un parto natural y a ser posible sin epidural, y mi mente no concebía que pudiera acabar en cesárea.
Ingresé el domingo a las 9 de la noche en el Hospital Universitari Quirón Dexeus. Allí me atendió tu gran amiga la Dra. Redón, otra gran persona y ginecóloga (eres afortunada de tener a gente como ella a tu lado). La Dra. Redón fue la encargada de prepararme y de recibirme con esa simpática dosis de prostaglandina que se suponía, pondría mi cuerpo en marcha.
Me subieron a la habitación confiando que haría efecto y empezarían las primeras contracciones. Pero nada de nada. No tuve ni una sola contracción en toda la noche, así que a las 8 de la mañana llegaste tú.
Allí empezó todo, bajamos a la sala de partos y la oxitocina empezó a hacer su efecto. Yo no sabía que eran las contracciones, nunca había tenido una, pero de repente las noté; se trataba de un intenso dolor que te envuelve el vientre desde los riñones dejando la barriga en tensión durante un minuto y que prácticamente no te deja ni respirar. Menudo dolor!!!
Ah, y para quien aún no las haya sentido, esa sinfonía se repite cada tres minutos durante unas cuantas horas. Pero ahí estabas tú, a mi lado, dándome ánimos y sin pronunciar la palabra maldita (cesárea) para no asustarme. Y yo por mi lado, sin mover ficha, sin dilatar, nada! Pasado un tiempo decidiste romper la bolsa, y subir la dosis de oxitocina, pero a mayor dosis de oxitocina más riesgo de sufrimiento de la peque, así que pasadas casi doce horas de trabajo de parto; sin la bebé encajada, sin el cuello del útero borrado, con tan solo dos centímetros de dilatación y con el ritmo cardíaco de India bajando, me susurraste: – casi con los ojos llorosos – “Laia, lo siento en el alma pero tenemos que hacerte una cesárea”. Eran las 19.00h y a las 19h35m ya tenía a India en mis brazos.
Ya sabes que no quería cesárea, que no entraba en mis planes cuando soñaba en el parto, pero aun así fue el día más bonito de mi vida. Dejaste entrar a Pipo y que estuviera a mi lado, en ese momento tan importante (bueno, en realidad fuisteis tú y el Dr. Oglio, mi anestesista preferido). Lo cierto es que no me podía imaginar que él no estuviera conmigo viendo nacer a nuestra hija. Pasados unos instantes, y nada más nacer, me acercaste a India y me dejaste sentir el “piel con piel” con ella y ya no nos separasteis.
Elena, has estado a nuestro lado en el día más importante de nuestras vidas. Fuiste la primera persona que nuestra hija vio al llegar a este mundo, y nunca se me olvidarán tus palabras cuando la sacaste de mi vientre: “dios, es preciosa”.
Ojalá todas las mujeres tuvieran la gran suerte de tener una ginecóloga como tú a su lado. Oigo muchas historias de partos y muchas mujeres que no han vivido ese momento como lo viví yo, porque no las han respetado lo suficiente; nadie las escuchó cuando tocaba. Y eso te lo debo a ti.
Elena, tengo tanto que agradecerte. Gracias por tus consejos, por tu sinceridad, gracias porque a pesar de las dificultades, lograste que mi parto fuera mágico, gracias para aguantar a una madre primeriza, gracias por tu paciencia, gracias por ser como eres y mil gracias por tu amistad.
Ahora me toca a mí decirte que si me necesitas, sea la hora que sea, el día que sea o por el motivo que sea, llámame. Estaré en permanente guardia por ti y acudiré con mi mejor sonrisa y con el rímel puesto ☺
Ahora me toca a mí estar a tu lado.

Twitter: @laiaferrer Instagram: Laia Ferrer

Un comentario en “CARTA A MI GINECOLOGA

  1. Pingback: NO QUIERO OTRA CESARIA | SER MAMÁ Y NO MORIR EN EL INTENTO

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