VUELTA A LA REALIDAD

Después de nueve meses de ir a todas partes con tu hijo en la barriga, después de dieciséis semanas de baja maternal, llega el temido día D. D de duro, D de disgusto o D de  dramático. A nadie le gusta la idea de volverá a la rutina, pero creo que lo que más nos duele es separarnos tantas horas de nuestros retoños.

Este fin de semana volvió la Formula 1, campeonato que curiosamente dura lo mismo que dura un embarazo, 40 semanas, y con su regreso se cumplió un año de mi vuelta al trabajo, y recordé lo duro que fue la vuelta a la realidad….

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I es que nuestra sociedad no está pensada para madres trabajadoras. No entiendo como puede ser que la Asociación Española de Pediatría recomiende seis meses de lactancia exclusiva y solo tengamos dieciséis semanas de baja maternal (que son tres meses y medio) ¿Y qué hacemos entonces? Pues o nos pasamos a los biberones de leche artificial, o nos pasamos el día en la oficina sacándonos leche a escondidas (cosa difícil porqué el aparatito ese hace un ruido difícil de disimular) para, luego, guardarla en la nevera de la office entre los tuppers de los compañeros. Eso, o bien, si te lo puedes permitir coger un permiso (no remunerado, of course) para poder seguir dándole el pecho.

Por no hablar de con quien dejas esa cosita de tan solo tres meses y medio de vida. Las que tienen más suerte los pueden dejar con los abuelos, una extensión de nosotras. Pero no todas los tenemos cerca ni jubilados. ¿Entonces qué? ¿Los dejamos en la Guardería? Qué pena tan pequeños!!!  Pero si no hay más remedio… O bien, con una canguro, (este fue mi caso) aunque cuesta un dineral, pero al menos mi princesita estaba en casa. Eso sí entrevistamos a más de vente chicas hasta que dimos con la que nos gustó. Y aun así, dejándola en casa, con una chica que nos gustaba, el primer día que me fui a trabajar lloré. Esa cosita que había estado dentro de mi durante nueve meses, con la que no me había separado más de tres horas des de que nació (algún rato entre toma y toma que me escapaba a la estaticen o hacerme algún masaje por los dolores del parto y las séquelas del embarazo…) de repente estaría nueve horas sin verla. Pues claro que lloré. Ahora tiene casi dieciséis meses, va a la guardería y me sigue dando pena no poder pasar más tiempo con ella. Sobre todo los días que está enferma y me reclama más que nunca, pero no me puedo estar a su lado para cuidarla. Eso sí que me da pena.

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(Esta foto fue tomada uno de los primeros días que trabajaba, justo al llegar  a casa)

Pero es lo que hay. Y nos guste o no, nos tenemos que acostumbrar, nosotras y ellos. Aunque tengo que confesar que tampoco me gustaría dejar de trabajar para estar todo el día en casa. Doy gracias que tengo trabajo, un trabajo que me gusta. Además el trabajo te da estabilidad económica y es una gran vía de escape. Va bien ir al trabajo y volver a ser tú, solo tú, y no solo mamá.

Esto es lo que más me gustó de volver a trabajar después de la baja. He dicho que lloré, sí es cierto, pero también me fue bien la vuelta a la rutina. Lo que siempre digo es que debería ser progresiva y no tan de repente.

Después de pasarte unos meses casi todo el día a solas con tu bebé, que lo único que dice es “gu-gu-ga-ga” y estar esperando que vuelva tu marido del trabajo para poder tener una conversación de adultos, cuando vuelves a trabajar vuelves a tener, todo el día, conversaciones normales. Es tu micro-mundo donde ya no hablas de cuantos pañales has cambiado al día, de cómo ha hecho la caca o de cuantas tomas le has dado. Vuelves a ser tú, con nombre y apellido. Tu otro yo, y el yo-mamá se queda en casa esperando a que regreses.

Te vuelves a arreglar, te vuelves a maquillar (una tarea prácticamente imposible las primeras semanas de vida del bebé) y poco a poco vas recuperando esa esencia de tu “yo” que durante muchos meses habías olvidado por completo.

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Aun así, cuando te conviertes en madre, asumes que durante el resto de tus días, o al menos por un largo tiempo, vas a tener dos trabajos. El “oficial-remunerado” y el de mamá. Un trabajo que te exige disponibilidad las 24 horas, sin descanso, a veces sin ni siquiera poder dormir, los 365 días del año y todo esto sin ganar ni un solo céntimo. Aprovecho para recordar compartir un video que demuestra lo sacrificado que es ser madre.

Os adjunto un vídeo aquí!

Hoy somos mujeres, madres, esposas, amantes, trabajadoras y/o empresarias. En la gran mayoría de casos llevamos el peso de la casa,  los horarios de los hijos, sabemos que les toca comer, que ropa tienen y que les falta, si tienen deberos o no y que día tienen la fiesta de cumpleaños de un compañero de clase. Sin quererlo ni beberlo la sociedad  nos exige ser super-mamà: ser la mujer perfecta, estar perfecta, ser la trabajadora perfecta y ser la madre perfecta y todo esto con una gran sonrisa.

En mi caso tengo que dar gracias por el marido que tengo. El lleva el peso de la casa, y yo el de la peque, en este sentido lo tenemos bien repartido. Sé que no es habitual así que soy consciente de la gran suerte que tengo. “Gràcies amor!”

Pero lo mejor de todo, es que aun estando disponibles las 24 horas del día, sin descansar, a veces sin dormir ni comer, los 365 días del año,  lo hacemos con el amor más grande del mundo sin esperar nada a cambio.

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Twitter: @laiaferrer Instagram: Laia Ferrer

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